Jueves 21 de Marzo de 2013.
Ayer lo visité por segunda vez. Tal como en la primera ocasión al ver aparecer su figura se siente la grandeza de su ser, más que por su estatura, que rebasa la mía por varios centímetros, creo que es por la gloria de tantas luchas y tantas batallas ganadas que carga en su memoria.
Ayer lo visité por segunda vez. Tal como en la primera ocasión al ver aparecer su figura se siente la grandeza de su ser, más que por su estatura, que rebasa la mía por varios centímetros, creo que es por la gloria de tantas luchas y tantas batallas ganadas que carga en su memoria.
Su
expresión un poco cansada, no sé si por interrumpirle su siesta después del almuerzo
o por los problemas que le agobian, me hizo recordar la desigualdad con la que
libra su actual batalla.
Aferrado
a Dios y a los hechos históricos plasmados en los principales diarios, que
guarda con recelo y cautela en carpetas y folders perfectamente organizados y
conservados, sabe que su lucha es cuestión de tiempo y es por ello que no
pierde sus esperanzas.
Sentados
en una mesa tomando un café le pido con el mayor respeto que me cuente la
historia del día en que llevó a cabo su mayor hazaña, el día en el que se hizo
grande e inmortal porque con honores tiene merecido un capítulo especial en
libro de nuestra historia.
Su
expresión cambia y con entusiasmo empieza a relatarme esta fascinante historia,
recuerda perfectamente las horas y minutos de aquel día en que por poco se
pierde nuestra patria para siempre. Describe perfectamente los lugares, las
personas, sus comunicaciones, sus indicaciones, las órdenes que recibió y que
impartió, sus pensamientos, sus temores. Su relato es tan vívido y tan
fascinante que me parece estar allí viviéndolo, con la seguridad de estar al
lado de uno de los héroes que gestó aquella conquista. Los sonidos, los
paisajes, los olores, todo es tan preciso que no hace falta mucha imaginación
para recrear detalladamente los acontecimientos.
En
algunos momentos su voz calla y su mirada se pierde en el espacio, no sé si
queriendo revivir aquellas gloriosas épocas o tal vez buscando en ellas una
explicación a su desdichada situación actual. Cuando vuelve en si retoma la
historia y hace observaciones puntuales de algunos acontecimientos que sucedían
simultáneamente en algún otro lugar de la urbe. Su emoción al relatar es tal
que, tomando de su bolsillo un bolígrafo y de la mesa una servilleta, nos hace
un dibujo preciso de las posiciones ocupadas aquel día y el lugar exacto dónde
se desarrolló cada uno de los hechos.
Cuando
termina su narración tengo una sensación similar a la de una extraña euforia
que se siente al final de una buena película en la que triunfan los buenos, con
la diferencia de saber que estos acontecimientos fueron reales. Su culminación
es tan excitante que casi siento derramar algunas lágrimas de alegría y en el
brillo de sus ojos se percibe lo vívido de sus recuerdos cuando, terminada la
batalla y después de ver imágenes terribles de sus hombres caídos y los
enemigos abatidos en el lugar del combate, que casi se escondían detrás de una
nube de hedor que combinaba los olores de unos cuerpos en descomposición y
otros calcinados en el infierno desatado al interior de aquel edificio, nos
relata cómo entraba a su guarnición dónde centenares o miles de personas los
esperaban, a él y a su tropa, ansiosos entre vivas y vítores. Sus soldados
desobedeciendo sus órdenes y rompiendo cualquier protocolo militar corrieron a
abrazarle, así mismo la multitud de civiles, que los guardias no consiguieron
contener, se juntaron en aquel abrazo y aquel festejo eufórico.
Hoy
su batalla no es más campal, es jurídica, sus antiguos contrincantes, hoy
convertidos en jueces y políticos, han realizado un absurdo e impreciso montaje
en el cual le culpan de algunas muertes o desapariciones de civiles ocurridas
aquel día. Las imprecisiones en su caso, si no fuera porque lo mantienen preso,
son tan risibles que serían el perfecto guion para una tragicomedia teatral.
A
dónde fueron todas esas personas que lo recibieron tan eufóricamente aquel día?
Logró la prensa amarillista su cometido de hacerlo parecer culpable, ocultando
los hechos reales y dándole más importancia y credibilidad a las calumnias de
una fiscal corrupta?
Para
verdades el tiempo y para justicia Dios, estando allí y escuchando los detalles
de su historia, para mi queda claro que estoy ante un hombre correcto, con un
corazón puro, con la templanza de un militar y la ternura de un abuelo.
El
Coronel Plazas Vega es inocente y merece estar en libertad disfrutando de su
familia. He leído bastante sobre el caso y no tengo ninguna duda al respecto,
si de algo es culpable es de haber salvado la patria el 6 de Noviembre de 1985
y no terminada allí su labor siguió realizando grandes tareas para el estado
Colombiano hasta que fue injustamente apresado.
Juan
Manuel Jaramillo
@JuMaJaRa
Así como narra el vivo retrato y la historia del Coronel Plazas Vega, así mismo me sentí junto a usted durante su entrevista con él. Felicitaciones y gracias por su excelente narrativa sobre este Gran Héroe de la Patria.
ResponderEliminarGracias Juan Manuel Jaramillo por compartir esta historia tan linda y triste a la vez; pues los togas negras hasta el cansancio se han dado cuenta de la inocencia de este heroe pero no se sabe qué intereses los ha llevado a dejarlo entre rejas sabiendo que el que debería estar entre otros, allí encerrado, es el que está "manejando" la alcaldía de Bogotá. Ojalá estos "jueces" no se arrepientan mas tarde de lo que han hecho. A todo santo se le llega su día.
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