Por
Alfredo Rangel S.
La responsabilidad
penal individual sobre los dos desaparecidos hay que esclarecerla, pero de ahí
no se puede derivar una política de Estado.
Domingo
24 febrero 2013
El
Estado colombiano no tendría que estar compareciendo ante la Corte
Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) por el caso del Palacio de Justicia.
Si esa Corte juzga a los Estados por no cumplir sus obligaciones de investigar,
procesar y castigar las violaciones a los derechos humanos, pues hay que decir
que el Estado colombiano sí ha actuado en ese caso, tanto que muchas de sus
actuaciones son objeto de un álgido debate nacional que mantiene polarizada a
la opinión pública. Si esa Corte no tiene nada más qué hacer, debería buscar
oficio en otra parte.
En
efecto, son más de 45 sentencias las que ha proferido el Consejo de Estado
colombiano en relación con la muerte de civiles y funcionarios en el caso del
Palacio de Justicia, sentencias en las que condenó al Estado y lo obligó a
indemnizar a las víctimas. Una Comisión de la Verdad conformada por altos
magistrados investigó los hechos. Y los jueces han desarrollado procesos contra
altos oficiales del Ejército Nacional, en los que se les han violado todas sus
garantías procesales, se han inventado falsos testigos y se han emitido
sentencias absolutamente injustas, algunas de las cuales están siendo apeladas
ante la Corte Suprema de Justicia.
En
sus respectivos juicios les han sido violados los más elementales derechos al
general Arias Cabrales y al coronel Alfonso Plazas. Tanto, que en el caso de
este último, desde el año pasado la Procuraduría General de la Nación le ha
pedido a la Corte Suprema de Justicia que absuelva al coronel Plazas en su
fallo de casación porque en su juzgamiento hubo una “violación indirecta de la
Ley sustancial al demostrarse errores de hecho y de derecho en la apreciación
de la prueba, que de no haberse incurrido por el Tribunal en los diversos
falsos juicios denunciados, habría direccionado un fallo absolutorio a favor del
procesado”. Pide, además, desestimar las declaraciones de los falsos testigos
que intervinieron en el juicio. Adicionalmente, el Ministerio Público objeta
que al coronel Plazas se le hubiera atribuido “la calidad de autor mediato en
aparatos organizados de poder sin acreditarse, además, la sistematicidad y
automaticidad propia de la figura jurídica que le fuera inducida”. En palabras
llanas, ese juicio contra el coronel Plazas fue un burdo montaje que debería
avergonzar a la justicia colombiana.
Obviamente,
los colectivos de abogados y las ONG que han recurrido a la CIDH para denunciar
el caso del Palacio de Justicia, no lo hicieron para defender los derechos de
los militares injustamente condenados por los tribunales colombianos. Por el
contrario, una vez complacidos con estas injustas condenas –pero no satisfechos
con ellas–, ahora quieren que se condene internacionalmente al Estado
colombiano dizque por ser responsable de aplicar una política de desapariciones
forzosas en el país, como supuestamente lo demuestra el caso del Palacio de
Justicia. La responsabilidad penal individual sobre los dos desaparecidos en
esos hechos hay que esclarecerla, pero de ahí no se puede derivar una política
de Estado. No hay que olvidar que allí el Ejército rescató a centenares de
personas inocentes de las garras del terrorismo, salvándoles la vida.
Si
la susodicha Corte Interamericana fuera medianamente seria y objetiva, si no
estuviera influeida y conformada por simpatizantes de ideologías de extrema
izquierda, si no tuviera un evidente sesgo anti estatal, si no tuviera una
fuerte antipatía contra los militares, seguramente ni siquiera habría admitido
la demanda. Pero no es una Corte confiable, por eso juzga y condena al Estado
colombiano en cuanto caso se pone en sus manos. Así sucedió con Mapiripán, al
condenar y obligar al Estado colombiano a indemnizar a las falsas víctimas de
unos muertos que gozaban de cabal salud. Incluso hicieron oídos sordos a las
denuncias de falsas víctimas arrepentidas de su infamia cuando denunciaron al
Colectivo de Abogados porque a sabiendas las indujeron a mantenerse en la
mentira. O como el caso de Santo Domingo, cuando esa Corte condenó al Estado
colombiano por un atentado comprobadamente cometido por las FARC, pero
falsamente adjudicado a la Fuerza Aérea colombiana por los mentados colectivos
de abogados que viven como vampiros del erario público, manipulando víctimas
reales o falsas de la violencia terrorista en el país.
Ante
semejantes antecedentes, y ante la certeza de que esa Corte Interamericana no
tiene arreglo, en un país serio la discusión no debería ser si se adopta una u
otra estrategia de defensa, o si se contrata a uno u otro abogado, o si
coordinan bien o mal las instituciones implicadas. No. La discusión debería ser
otra: si seguimos reconociendo o no la legitimidad de una Corte con los
defectos mencionados. Debido a lo dudoso de estas Cortes internacionales, y a
la inconveniencia de someternos a sus amañados fallos, todavía tenemos una
herida abierta por la sentencia de la Corte de La Haya sobre San Andrés. Pero
de manera masoquista y abyecta seguimos arrodillados ante la Corte
Interamericana.
Es
bueno recordar que hay países de la OEA que no reconocen esa Corte: Estados
Unidos, Jamaica, Grenada, Canadá y Dominica. Otros, como Brasil, Venezuela y
México, han desconocido sus fallos. A diferencia nuestra, ellos no viven del
qué dirán.
Tomado de: Semana,
Bogotá, febrero 23 de 2013
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